
Siempre me han resultado acogedoras las ferreterías, como si fuesen lugares en donde se hallan soluciones para todo, no sólo para asuntos relacionados con la cotidianidad sino también con las almas, por ejemplo, como si éstas tuvieran forma de enroscarse, de encolarse, de repararse. En las ferreterías tiene todo un nombre específico y miles de matices que los distinguen, de modo que un simple tornillo, pongamos por caso, puede ser calibrado, con collar, de acoplamiento o de acoplamiento con palanca tensora, de ajuste, de banco, de banco de cerrajero, de banco para tubos, de banco pequeño o de banco plano, de cabeza avellanada, cilíndrica, cuadrada, cruciforme, hexagonal o de martillo, de eclisa, de elevación, del nonio de rotación, de escalera, del torno con mango, de mano, de mordaza, de presión, de reglaje de lectura o del cero, de sujeción, para madera, para piedra, prisionero, sin fin, sin fin de caída...
Entonces es comprensible que las personas aficionadas al mundo ferretero ordenen sus lugares de trabajo como se muestra en la foto, con orden obsesivo, por medidas, clases, objetivos, intenciones y simpatías. Tienen algo de templos, esos sitios. Algo revelador. Como si escondieran, a la vista, algún secreto.