Solo la vi una vez: oírla y verla tocar fue como levantar el vuelo, como ir hasta los lugares más lejanos e insospechados.
La escuché siempre, la admiré, la admiro. Desparece su cuerpo. Nada más. Su música y su amor por la música van a seguir mientras nuestro mundo siga. Y más, quizás.
Incomparable Alicia de Larrocha, con esas manos tan pequeñas que no llegaban a la octava pero que conseguían tocarla al unísono gracias a una velocidad literalmente imposible, es decir mágica. El poder del deseo. El absoluto.