Poco más de cien páginas con la letra amplia le bastan a esta mujer nacida en los Urales y educada en Moscú para hablar, de forma contundente, de la condición humana. De la generosidad. De la felicidad que concierne al otro nada más y sin embargo nos alegra. De la resignación. De la pobreza. Del dolor. Del amor. Del concepto de familia. Bióloga de formación, Ulítskaya trata a sus personajes con la delicadeza con que solo puede hacerlo quien los observa sin juzgarlos, como si se fijara en su conducta para comprenderlos nada más. Para describirlos.
Es triste la historia de Sóniechka. Deja el alma apenada pero, a la vez, llena de esperanza.
Es la primera novela que he leído este año. Toda seguida, casi sin respirar. Y no me he desprendido todavía de la sensación que me dejó. Una sensación profunda. La de pertenecer a algo que nos constituye a todos de manera irrenunciable.
