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| Me quedo con la imagen de la cisterna de Yerebatan. Frío bajo el suelo, ensueño extraño. Otro mundo. |
El sonido de Estambul me ha abducido. La mezcla de los cantos de los muecines con el traqueteo y las campanas de los tranvías sumado a las sirenas de los barcos y el grito de las gaviotas.
Y haber bajado a la cisterna de Yerebatan.
Y haberme alojado en el Pera Palace.
Y haber disfrutado de baños turcos, saunas y baños de vapor. De masajes y jacuzzis.
Y haber comido en el Pandeli.
Y haberme descalzado mezquita tras mezquita.
Y haber visto las costas del Bósforo desde un barco.
Y haber visto cómo un pescador silbaba a una gaviota para que se le acercara y le tiraba un pedazo de pescado que la gaviota cazaba en el aire.
Y haberme paseado por el café de Pierre Loti y descendar tumbas abajo hasta la ciudad.
Haber visto la puesta de sol -acompañada de muecines, gaviotas y sirenas- desde lo alto de la torre de Gálata.
Haber comprado especias en el mercado de especias y toallas en el Gran Bazar.
Abducida, digo.
Me gustan de Turquía el ambiente, el trato, el clima, la luz, la comida, el agua, el tiempo.
Me preocupa de Turquía: la cantidad de mujeres, muchísimas de ellas jóvenes, con la cabeza tapada, a veces toda la cara excepto los ojos, con largas túnicas hasta los pies, enterradas en vida por telas oscuras.
