Me ha dado hoy por releer un artículo que escribí para el ABC Cultural hace ya tiempo, alrededor de una frase de Grace Paley (Nueva York, 11 de diciembre, 1922 – 22 de Agosto, 2007), y me han dado ganas de reproducirlo aquí, para compartirlo con ustedes. La sección que escribía para El Cultural se titulaba "El pez austral", y este texto, «Hallazgos». Aquí va:
Hace unos días, leyendo los Cuentos completos de Grace Paley que ha publicado recientemente la editorial Anagrama, tropecé con una de esas frases que la dejan a una pensando varios días en ella, sin conseguir o sin desear desprenderse de su eco. Decía más o menos lo siguiente: «La verdad, cuando encuentra su nivel, flota».
La verdad, cuando encuentra su nivel, flota. He repetido estas palabras durante la última semana más que cualesquiera otras. En voz alta y para mí. Y todas las veces que lo he hecho les he encontrado más sentido y más sentidos.
En este mundo en el que actualmente vivimos, en donde la verdad –la ilusión o el anhelo de la verdad– no sólo ha dejado de importar sino que se ha sustituido por la realidad –eso que todos hemos convenido en llamar realidad pero que probablemente es, para cada cual, una o varias cosas distintas–, como si fueran lo mismo o se pareciesen, esa frase resulta tan explicativa de lo que nos sucede que no puede una sustraerse a su grandeza. ¿Cuál es el nivel de la verdad? Naturalmente, el del conocimiento necesario para identificarla. A menor conocimiento, menor nivel y, por lo tanto, menos posibilidades de que la verdad suelte el lastre que supone la ignorancia y suba hasta la superficie para hacerse visible flotando ante ojos capaces de reconocerla y, lo que es más importante aún, decirla.
En menuda clase de espejo se convierte ese pensamiento de Grace Paley. Viéndose en él, nuestro mundo puede darse cuenta de cómo está enterrando cualquier posibilidad de avanzar, sumido como está en una especie de locura consumista que anula por completo la reflexión, el criterio, por no hablar ya de la abstracción o de los esfuerzos que no reciben compensación inmediata.
Se relega la experiencia, que no es nada frente a la apariencia. Se desprecia la lentitud, que molesta e interrumpe. Se arrinconan las ideas porque se prefieren los tópicos, que resultan más llevaderos. Se vive deprisa sin intención alguna de llegar cuanto antes al final: una paradoja, a poco que se medite.
Nuestro mundo se esconde detrás de la información, parapetado en la absurda ilusión de saberlo todo todos a la vez. Creemos enterarnos de lo que ocurre en la otra punta del mundo. Creemos conocer la realidad. A nadie importa si es verdad o no.
Claro está que lo único que nos perdemos, al fin y al cabo, es la posibilidad remota de alcanzar ese nivel lejano que a lo mejor nos permitiría dilucidar qué estamos haciendo aquí, y por qué y para qué. Quién sabe, tal vez estamos escondiendo la cabeza cada vez más hondo para no llegar a la conclusión de que, en efecto, como muchos seres humanos han sospechado, aquí no hacemos nada. Probablemente estamos huyendo del hallazgo. Nadie nos obliga a ser valientes.
Los cuentos de Grace Paley, por cierto, contienen, en mi opinión, algunas otras ideas por las que vale la pena leerlos.
