
En Viena estoy. Llegué el jueves. He venido a hacer una lectura al Instituto Cervantes que aquí dirige el poeta Carlos Ortega. Y también estoy aquí porque mi próximo proyecto literario tiene que ver, entre otros asuntos, con la Viena del siglo XVIII. La cuestión es que hoy, precisamente en expedición de estudio, me he ido al cementerio de Saint Marx. Un cementerio algo salvaje, lleno de malas hierbas, lejos de todo y al que me ha costado llegar una larga caminata orientada por distintas paradas para preguntar: ahora una floristería (el único lugar donde se compran regalos para los muertos; he pensado que sabrían dónde estaba); ahora una gasolinera (he deducido que otras personas perdidas también habrían parado a preguntar); en fin.
La cuestión es que he llegado. Ha empezado a llover, igualmente he caminado arriba y abajo por los caminos de Mme. Lamort, que diría Pizarnik -que es la lectura que me he traído al viaje-, he sacado algunas fotos y, justo antes de irme, he visto que había una especie de caseta con lavabos. Me he acercado y he visto en la puerta la tira de avisos que aquí os dejo. ¿Los entendéis? ¿Quiere decir que no entremos con un perro, que no nos peleemos -¿o qué?; esta es la más enigmática-, que no nos pinchemos, que no tiremos papeles? ¿Qué clase de gente viva visita ese cementerio? ¿Qué mente tiene quien pensó que eran necesarias esas adevertencias? No se trata de los típicos carteles de "no fumar" o de "por favor déjelo limpio, tal como le ha gustado encontrarlo". No no.
Menos mal que, para entender esas cosas y muchas otras, disponen los vieneses de bibliotecas como la de la foto -aquí la sala barroca Prunskaal de la Biblioteca Nacional Austríaca-. Al entrar he estado a punto de sufrir el síndrome de Stendhal. En serio, es impresionante.
Lo que más me gustaría de ser rica es tener una biblioteca así. Y contratada una cocinera, también.