lunes, 30 de marzo de 2009

CON LA SOGA AL CUELLO. SEGUIMOS.


José Cruz Cabrerizo me ha hecho una preciosa entrevista y ha escrito una reseña que me ha dejado sin palabras. A continuación os copio los textos, pero os dejo el link para que lo veais directamente en la publicación, que está más bonito, y así de paso hacéis una visita a la estupenda página de la biblioteca imaginaria:
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ENTREVISTA

Conversando en diferido con FLAVIA COMPANY
30/03/2009 10:52:45
Esta semana en que reseñamos el último libro de relatos de la escritora Flavia Company publicado recientemente por Páginas de Espuma, aprovechamos para echarle el lazo (también corredizo) y conseguimos que respondiera a unas cuántas preguntas. Afortunadamente no hubo que apretar el nudo para que hablara.

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Es demasiado comprometido, pero ¿a quién dejarías con la soga al cuello?
No soy quién para dejar con la soga al cuello a nadie. Cada cual se encuentra con la suya, tarde o temprano. ¿Justicia poética?
En los Cuentos Completos de Grace Paley (a quien citas en tu blog), nos encontramos una especie de desplegable de Faith: personajes que se relacionan con ella y en un relato aparecen de forma tangencial, luego tienen su propio relato. Tú dices que tus libros no nacen de la acumulación, de la suma de relatos, sino de una estructura, de un concepto. Me gustaría que explicaras esto.
En efecto, no escribo cuentos sueltos que después colecciono en un volumen, sino libros pensados como un todo, que a veces son novelas y a veces son cuentos. Las novelas quedan vertebradas por una historia y un tono. Los libros de cuentos por una mirada y un concepto.
Tú que das clases de escritura creativa, ¿podrías decirme qué consejos de los que se escuchan en un taller no debería seguir uno nunca?
Consejos, ninguno. Hay que atender a las informaciones objetivas, referentes por lo tanto a recursos narrativos, elementos técnicos. Y recordar que el mejor taller del mundo es la lectura apasionada. Y la humildad.
Barcelona, Buenos Aires y Baires. Si habláramos de comodidad, ¿supera la ficción a la vida real? Quiero decir, si sirve de algo saber que vivimos en un mundo atroz.
Según cómo se miren las cosas, nada sirve de nada. Pero también es verdad que a no todo el mundo le sirve lo mismo. Vivimos en un mundo atroz, pero también en un mundo maravilloso. Es importante, sí, ver las dos caras de la moneda.
Dice el periodista peruano César Hildebrant: “Hay escritores de enorme talento sobre los que pesa, sin embargo, la desgracia de carecer de firma. Son buenísimos pero jamás le sacaron al idioma una franquicia que les permitiese algunas exclusividades (que en eso consiste el estilo, no me digan”. ¿Cómo definirías tu voz narrativa?
Me gustaría pensar que tengo una mirada que se refleja en mi voz. No me atrevo a asegurarlo, sin embargo. Digo que me gustaría.
A propósito del relato “La criada”. Parece que en él se retratara el proceso creativo literario. ¿Es el escritor una “Paqui” y el lector una “Doña Encarna”?
No lo había pensado desde ese punto de vista, pero desde luego es una interpretación muy interesante. “La criada” muestra cómo nos descontrola, nos acongoja y nos angustia el secreto del otro, su diferencia. Cómo el poder no soporta no tenerlo todo bajo control.
En relación a la pregunta anterior: ¿Hay un punto G. de la información, un punto de inflexión en que la información no es cuestión de supervivencia sino de placer? Y en caso de que así sea, ¿por qué has sido tan malvada de no descubrirnos qué demonios hace la Paqui en el secretismo de su habitación? ¡Si por lo menos subiera el volumen de la televisión en vez de bajarlo, podríamos haber elucubrado!
El lector se identifica con la señora Encarna. Para que así ocurra, debe padecer la misma incertidumbre que ella. En cierto modo, es verdad, la Paqui soy yo, quien escribe. Es interesante, insisto, esa lectura que has hecho sobre el cuento.
En “En tránsito” creo adivinar el rastro de tu admirada Clarice Lispector. ¿Has identificado la fuente de tus influencias?
Clarice Lispector es sin duda una lectura que me ha influido mucho, si bien es verdad que la leí años después de haber empezado a escribir y que, cuando lo hice, descubrí a una escritora próxima, muy cercana, que hacía que me sintiera menos sola. No obstante, he aprendido mucho de ella y, a buen seguro, algunos de mis textos la evocan.
Por último, si tienes algo que añadir este es el momento.
Muchas gracias por tu interés. Me ha gustado mucho tu aproximación al libro. Ha sido un placer contestar a esta entrevista.
Entrevista de José Cruz Cabrerizo.
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RESEÑA

CON LA SOGA AL CUELLO. Flavia Company
30/03/2009 10:47:31
Título: Con la soga al cuello
Autora: Flavia Company
Editorial: Páginas de Espuma
Págs: 139
Precio: 14 €
1 - No se debe mentar la soga en casa del ahorcado.
2 - No se debe dejar jugar a los niños con las bolsas de supermercado porque no son un juguete y se corre el riesgo de asfixia.
1-1 - Lo primero no está escrito más que en el subconsciente colectivo.
1-2 - Lo segundo sí, sobre las bolsas de camiseta, pero en letras tan pequeñas que no se dará cuenta, no las podrá leer hasta que el niño/niña no se haya puesto la bolsa en la cabeza y ya morado haya perecido por asfixia. He ahí un elemento no biodegradable que sin embargo se cobra una vida.
¿Le parece terrible el punto 1-2? ¿Sobrepasa los límites de su umbral de sufrimiento? Siento no haber puesto esas advertencias al uso que avisan de que este texto contiene palabras que pueden herir su sensibilidad y todo eso. Pero todavía estoy a tiempo de advertirle esto: si no quiere que le salga urticaria en la zona donde quiera que se cobije esa, su sensibilidad, será mejor que no abra el libro de Flavia Company.
Y si se decide a leerlo no se confíe de lo que parece una prosa bienintencionada. Ahórrese la pregunta que le va a asaltar cuando lleve leídos unos pocos relatos, esa que dice: “¿Dónde está toda la casquería de sucesos terribles que adelanta el título?” Debo decir que yo caí en la trampa. La lectura de un libro implica una actitud, y la mía era la equivocada. Programé el piloto automático de mi barco (ahora la trampa la pongo yo, porque es una cochina y envidiosa mentira, no tengo barco, pero la autora sí, que para eso es patrón de yate), y me puse a surcar con total placidez por las páginas de esta obra. Y todo ello sin acordarme de Hemingway y su teoría del iceberg, ni saber que me iba a dar de narices contra uno de ellos, porque este libro es engañoso como un iceberg que de sus cinco partes solo muestra una, falso como un iceberg, que tiene dos caras, la exterior y la sumergida. Este libro, aunque se encuaderne en uno solo, por mucho afán unitario que tenga, es en realidad dos, con lo cual no estoy estigmatizándolo, sino señalándole ese hecho objetivo que usted tener en cuenta: no dejarse engañar por la suavidad primera.
El primer libro (espero que la autora me permita la licencia) es el de las frases muy largas, que fluyen pausadas como ríos llenos de meandros. En su libro los personajes son personas, y ahí posa la autora esa mirada de la que habla, y este es uno de los elementos que a mi juicio más vigor da al libro. Ellos, los personajes son los que tienen la fuerza de la narración aunque en realidad sean meras marionetas del destino y las circunstancias los engullan en sus vórtices. En una entrevista Flavia Company trata de quitarle importancia a sus logros, lo minimiza diciendo que claro, que como recoge tantos personajes eso es lo que hace que nos sintamos en sintonía con alguna de sus criaturas, que con alguno coincidiremos... Pero yo no me lo creo. Cualquier libro de relatos tiene mínimo tantos personajes como relatos, y libros de relatos más gordos que el suyo hay a espuertas, y uno no establece con ellos una comunión tan íntima, no los lleva en la cabeza después de cerrar el libro. El asesino de “La condena” todavía me ronda en la cabeza, en la aberración estadística de estar en el sitio equivocado en el momento equivocado.
Yo aventuraría que se ha valido de los materiales que otros escritores desechan por poco glamourosos, por domésticos, por cotidianos, por poco rebuscados. De modo que una mínima idea, una frase, cualquier cosa le vale para conseguir cercanía: En “Una vida en común” hay una pareja de lesbianas ancianas. “Bien, ¿y qué tiene eso de particular?”, se preguntará. Pues que cualquier otro autor habría dado un rodeo grandísimo para contar por ejemplo cómo esconden su condición sexual, pero aquí ellas no lo ocultan, simplemente la gente cree que son hermanas. Todo lo que se ahorra, y al final no hay camino más creíble que el que ella toma. Y ahora fíjese bien, nadie hubiera descendido hasta un nivel de detalle como este: sólo una de las dos ha cotizado a la Seguridad Social y cobra pensión, un dato tan tonto pero tan útil, pues da plena visibilidad al personaje, vale por cincuenta datos de otro tipo. Para mí, qué quiere que le diga, son finísimos trazos voluminosos que hacen palpitar un relato. En “Azulejos”, narración en primera persona, la protagonista dice: “Me muerdo con cuidado un padrastro”, y luego se enreda en disquisiciones sobre lo que duele después un padrastro mordido, e incluso detalla los elementos que componen la lista de la compra, y eso en un día en que sabe que puede recibir en forma de noticia el zarpazo más grande de su vida, el peor imaginable.
Flavia Company además ha depositado en el contenedor azul del papel las acartonadas rigideces administrativas del relato: usa frases larguísimas, incluye incluso algunos juegos de palabras (p. 19 “Pues no tendremos una situación boyante, vale, pero bollera sí que lo es, no me lo negarás, ¿eh?”), o (p. 37 “Era mi madre. Para saber si ya sabía. El saber no ocupa lugar”).
En cuanto a la naturaleza de esta primera parte del libro, es muy variada, lo que tiene su importancia para mantener la atención lectora. Desde la introspección a lo Lispector de “En tránsito” o “El río”. “El ascensor” recuerda a uno de Dino Buzzatti recogido en su libro “El colombre” y en el que una pareja se sube en uno con el diablo, si no recuerdo mal. Tenemos relatos inteligentes con un tufillo de humor (“Las víctimas”), de humor-intriga y maestría en el uso de la contención informativa (“La criada”, al que yo elegiría como el mejor de todo el volumen), y una serie de relatos más contundentes y de precipitación a los abismos del tiempo (“Padre e hijo”, un relato que uno no lee, se proyecta en la mente del lector como una sucesión de fotogramas, lo está viendo, también “Baires” en lo referente al desgaste que produce el tiempo y los deseos no cumplidos por la falta de un último impulso). Hay personajes que tienen tiempo de asomarse antes a los precipicios de la muerte (no voy a decir cual para no chafar el relato, pues la información no llega hasta la mitad del relato). Crónicas del desamor y la desintegración de los propios principios (“Rodajas de limón”), de asunción de la culpa (“El pelo”, en el que la narradora en primera persona no se corta un ídem). Pero lo cierto es que en esta primera entrega siempre caemos sobre un suelo enmoquetado de ternura, la autora les pone red. El optimismo y quizás una esperanza subterráneos vertebran estos relatos en los que se sale con la sensación del “lo que tenga que ser será, y aquí estoy yo para recibirlo. Por lo menos estoy”. De los catorce relatos que componen este bloque primero solo prescindiría de “Con luz verde”. Lo que no deja de ser una cuestión de gustos, como bien sabrá.
¿Recuerda el inicio de esta reseña? Un dicho popular, ¡ah, bien! y luego una frase terrible, desagradable, que el lector no se espera. Bueno, pues así es este libro. Como un mangle cuyas raíces sumergidas quedan al descubierto con la marea baja. Esas raíces visibles son una pequeña porción comparadas de árbol comparadas con el tronco, (sólo cinco relatos componen esta que yo he dado en calificar como segunda parte), son como dedos esqueléticos horandando el lecho limoso (son como puñales que se clavan en el lector confiado, que se instaló hace mucho rato en aquel sufrimiento de baja intensidad y ahora recibe un pinchazo en el ojo).
Pienso que “El jardín” debe estar de este lado de la raya. La dulce abuelita apocada que bien avanzado el relato, cuando ya nos está meciendo en su runrún, se da la vuelta para que veamos a Norman Bates con el cuchillo. Ella no gasta armas blancas, solo unas tijeras de podar con las que aniquila su jardín, pero porque ha explotado en ella toda la soberbia, el afán de ostentación, el orgullo que tanto tiempo logró controlar. O quizá es una catarsis para escapar de aquello en lo que tuvo que convertirse. Cada quien naturalmente lo entenderá de una manera, no es un caso cerrado.
Hay algo inquietante en “La réplica”. Y eso a través del juego de espejos que Flavia Company sabe establecer tan bien. “La carnicería”, ahí se ejemplifica lo que le estoy contando de los espejos, pero a eso se suman las palabras y frases de doble sentido, los sobreentendidos (más bien ocultación), las dos historias, la que se cuenta y la que no se cuenta que fluye por los subterráneos, pero que en este caso no aflora al final, sino que se nos queda ahí, pudriéndose como la carne.
Si de este bloque me dan a elegir uno tendrían que dejarme tomar también “Jacobo”. Si le digo que es la historia de un maltratador convertido en asesino le parecerá un tema recurrente, de conveniencia. Pero ya sabemos que todo está escrito, no inventamos nada, pero sí podemos contar de otra manera, y eso es lo que ella hace. No puedo argumentar más porque de todas formas es un relato que se defiende solo.
Ya lo he dicho: al principio creímos que los relatos no iban a honrar al título que los agrupa. Y si de palabras se trata podíamos jugar con ellas: Flavia Company, Flannery O’Connor. Flavia Company andaba unos pasos por detrás de Flannery O’Connor en cuanto a las maldades a que somete a sus personajes. En ninguno de los relatos de O’Connor hay un personaje que tenga salida, que pueda escapar de la ratonera, absolutamente todos carecen de asidero. Uno se decía “Company es más benevolente con los suyos”. Hasta el momento que deja de serlo, de sopetón, a bocajarro, en esa segunda parte en que nos agarra por las solapas y nos zarandea y nos arroja contra la pared y ahí sí que encontramos la soga: no la veíamos porque la teníamos en el cuello, cerrándose para cumplir la condena, que no “La condena”, el relato de efecto que cierra el volumen, pero que inaugura nuestra pesadilla.
Reseña de José Cruz Cabrerizo.

7 comentarios:

winsta dijo...

Fantástica la lectura que hace José Cruz Cabrerizo.
Sigo ampliando mis horizontes sobre la obra de Flavia Company.
Gracias.
:)

s(alvaje) dijo...

Me ha encantado leer la reseña/tesis...jajja..
Me dan ganas de releer el libro para ver si coincido en la lectura. Normalmente tardo un tiempo más.

Francis Black dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
El Viajero Solitario dijo...

Varias reseñas sobre "Con la soga al cuello" (todas elogiosas, por cierto) encontradas en distintas bitácoras me trajeron hasta la tuya.
Una entrevista muy interesante, esta que transcribes.
Saludos.

NáN dijo...

Jozpelines.

De poner la carne de gallina.

Jesús Ortega dijo...

Hola, Flavia.

Estimulante (excelente y muy personal) esta lectura de tu libro. Corro a hacerme con él. (Ya me trastornaste literariamente una vez).

Enhorabuena por la acogida a "Con la soga al cuello".

¡Saludos!

Flavia Company dijo...

Winsta:
¿Verdad? Es estimulante, sin duda.

s(alvaje):
pues ya dirás si coincides o no...

Viajero solitario:
Bienvenido a bordo, pues. Y gracias por dejar tu rastro. Lo seguiremos.

Nán:
Ya te digo, compañero, ya te digo.

Jesús Ortega:
Pues a ver qué te parece. Ya contarás. Y muchas gracias por pasarte por aquí.