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martes, 2 de junio de 2009

QUÉDATE DONDE ESTÁS. MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ.

Os recomiendo este libro de cuentos de Miguel Ángel Muñoz, titulado "Quédate donde estás" y publicado por Páginas de Espuma.
Y para muestra, un botón. Con permiso expreso de su autor, aquí cuelgo uno de los relatos del volumen:
ÁCAROS

Pincharon el mapa de mi brazo con decenas de agujas impregnadas de venenosa esencia, una acupuntura sin arte ni estética, dos líneas que en unos minutos hablarían, dijo el médico, antes de dejarme solo en la habitación. Querido amigo, susurró al rato, con las gafas en la punta de la nariz, tiene una alergia de caballo. A los ácaros, mejor dicho, no confundir con el noble y limpio animal. Y me marché a casa, con mi crucifixión microscópica en el antebrazo derecho, y muchas incógnitas en la cabeza.
En un principio no sospeché las incalculables consecuencias que para un escritor tenía ese diagnóstico. Luego todo comenzó a estar más claro, desde el momento en que llevé al doctor una lista de los tres mil volúmenes que tapizaban las paredes de mi estudio. El médico me prohibió a Tolstoi, Dostoievski, mucho de Faulkner, Proust y todos los libros de historia. Ejércitos implacables de ácaros rodaban por sus interminables páginas, no había posibilidad de lucha, ni las vacunas los vencerían. Me deshice de ellos, y de los gruesos volúmenes enciclopédicos. Querido amigo, si usted escribe relatos cortos, para qué quiere historias largas. Contra el arácnido enemigo alérgeno no valen las medias tintas, insistía, y me obligó a empaquetar y enviar a casa de mis padres cada uno de mis libros de poesía: de la experiencia o de la creencia, romántica o severa, formalista, social, rimada o libre. Ni Rimbaud pasó la criba. Los ácaros, me explicó, se agarran con furia prensil a las palabras inflamadas o cálidamente evocadoras, incubando así el oportuno despertar primaveral. Poco a poco, salieron de mi casa cada uno de los libros que me protegían al escribir e insonorizaban mi cuarto contra los ruidos de la realidad, y aunque los síntomas disminuyeron de forma notable, a cambio tuve que entregar mis horas de lectura y escritura a una limpieza obsesiva y continua de los rincones de cada rodapié o esquina de la casa. Pasé unos tontos meses aburridos sin rinitis que inflamara mi cerebro. De mis libros sobrevivían, llenando dos lejas de una estantería, algunos volúmenes de relatos. Frente a la novela y la poesía, era en ese territorio de la palabra justa donde los ácaros peor lo pasaban. Sin embargo, una dramática mañana de abril amanecí con los ojos llorosos y la respiración entrecortada, casi asmática. Pedí cita urgente al alergólogo, que se dignó a recibirme esa misma tarde y, con las gafas otra vez en equilibrio sobre la punta de la nariz, como en el trance de los pinchazos y el sacrificio, me lanzó una definitiva pregunta sin futuro:
-Querido amigo, ¿tiene algunos Cheever, Chéjov, Carver o Cortázar de los que ir desprendiéndose?

Aquñi dejo mis artículos más recientes aparecidos en La Vanguardia. Espero que los disfruten. :-)