viernes, 26 de octubre de 2007

DAR CUERDA


Hablábamos hace unos días del tiempo que hacía que no le sacábamos punta a un lápiz.
Resulta que desde el martes pasado utilizo el reloj de pulsera de mi abuelo, y resulta que funciona dándole cuerda cada veinticuatro horas, y que hace ese ruidito característico que hacía antes el tiempo, cuando tenía sonido, tac tac tac tac tac tac...
Mis primeros relojes, los que tuve pongamos entre los ocho y los doce años, eran de cuerda. No me había acordado nunca más. Es curioso, tener que acordarse cada noche de darle un empujoncito al tiempo para que siga andando. Muy simbólico, metafórico... Da para mucho, un mucho que no voy a enumerar.
O sea, no lleva pilas, es decir que no se gasta -el tiempo- y que no contamina -el tiempo-. Quizás podríamos empezar por ahí. Podríamos recuperar los relojes de cuerda y los lápices de madera - los portaminas son de plástico, y contaminan-.
El reloj de mi abuelo, que después perteneció a mi tío, y que tiene una historia rocambolesca que tal vez algún día decida contar incluso por escrito, no es el que aparece en la foto, pero es similar. Ahora llevo a cuestas el tiempo de la familia. Me siento responsable de todos mis desaparecidos. De pronto los represento. El reloj que llevo puesto ha medido el tiempo de muchos lugares del mundo, ha cambiado de hora, ha presenciado impaciencias, lentitudes, prisas. Lleva implícita la mirada de mi abuelo, la de mi tío, la de la gente que les pidió la hora por la calle alguna vez.
Siempre me han gustado los relojes. Me fascina que se crean capaces de mesurar las horas, como si fueran todas iguales, como si existieran.

lunes, 22 de octubre de 2007

GNOMOS DE JARDÍN

Delante de mi casa hay un balcón en el que vive, como podréis ver si aguzáis la vista, un gnomo de jardín al que, en este caso, podemos llamar gnomo de balcón. Está justo situado frente a la ventana de mi estudio, y lo veo cada día mientras trabajo. Lo veo mirarme, quiero decir.
Por alguna razón extraña y por lo tanto difícil de explicar, los gnomos de jardín o de balcón tienen vida propia. Parecen estar a punto de moverse. Da la sensación de que saben más de lo que dicen. Más aún: da la sensación que se conocen los unos a los otros y que están de algún modo organizados. Sin duda son mucho más inquietantes los que están pintados de colores. Los que son de piedra, grises o blancos todos ellos, parecen inacabados o, peor aún, que no han entrado en el verdadero mundo de los gnomos. Son proscritos.
En el jardín de mi abuela paterna había decenas de gnomos de colores. Y en el interior de su casa había infinidad de relojes de cucú. Había incluso un reloj de cucú que daba la hora haciendo aparecer un círculo de gnomos que, en mi mente infantil, eran los mismos que estaban en el jardín. Até cabos: aquella era su misión. Lo que no terminaba de comprender es cómo conseguían hacerse tan pequeños y, más difícil todavía, cómo sabían la hora. (No llevaban relojes de pulsera, claro. En eso el mundo de los gnomos es muy conservador).

miércoles, 17 de octubre de 2007

A UNA ISLA DESIERTA


Qué nos llevaríamos a una isla desierta.


Hace algunos años leí un magnífico libro de Amélie Nothomb titulado "Les combustibles". Un renombrado profesor de literatura, su alumno aventajado y la novia de éste se encontraban ante la tremenda tesitura de tener que emplear libros como combustible, pues el frío los atenazaba y no podía hallarse ningún otro material con el que calentarse, después de haber acabado con muebles y demás enseres susceptibles de prender -estaban en tiempos de guerra o posguerra-. Total, lo difícil era elegir qué títulos iban primero a la quema, de cuáles se podía prescindir en primer lugar... Gloriosa idea, justo la inversa a la que pregunta qué libros se llevaría una a la isla desierta...


Una vez le pregunté a Cristina Fernández Cubas -permitidme recomendaros con vehemencia entusiasta sus libros "El ángulo del Horror", "El año de Gracia", "Cosas que ya no existen" o "Parientes pobres del diablo"-, qué libro se llevaría a una isla desierta y, con gran tino, me respondió que se llevaría una enciclopedia. Me pareció una gran idea. Muy útil. ¡La de saberes prácticos que se tendrían a mano para las más diversas vicisitudes! Seguramente ya había pensado en el tema, pues justamente su novela "El año de Gracia" es una visita a la historia de Robinson Crusoe que no tiene desperdicio.


No sé yo qué libros me llevaría a una isla desierta. Me costaría mucho decidirme. Lo que sí creo es que me llevaría unas cuantas libretas en blanco y mucha mucha tinta.

miércoles, 10 de octubre de 2007

SACAR PUNTA


¿Cuánto tiempo hace que no le sacáis punta a un lápiz?

El olor que desprende, las falditas de viruta que van quedando, que una intenta que duren sin cortarse, como se procura con la piel cuando se pela una naranja, los dedos manchados de grafito. Es una práctica curiosa, en un mundo que desecha deprisa cuanto cae en sus manos. Tiene algo de reciclaje que reconcilia con el uso. Me gusta. Mucho mejor un lápiz, hasta que se haga chiquitito, que un lápiz de minas, que no mengua jamás.

¿Cuánto hace que no escribís con un lápiz que se ha quedado pequeño de tanto usarlo?

martes, 9 de octubre de 2007

ORDEN Y CONCIERTO


Siempre me han resultado acogedoras las ferreterías, como si fuesen lugares en donde se hallan soluciones para todo, no sólo para asuntos relacionados con la cotidianidad sino también con las almas, por ejemplo, como si éstas tuvieran forma de enroscarse, de encolarse, de repararse. En las ferreterías tiene todo un nombre específico y miles de matices que los distinguen, de modo que un simple tornillo, pongamos por caso, puede ser calibrado, con collar, de acoplamiento o de acoplamiento con palanca tensora, de ajuste, de banco, de banco de cerrajero, de banco para tubos, de banco pequeño o de banco plano, de cabeza avellanada, cilíndrica, cuadrada, cruciforme, hexagonal o de martillo, de eclisa, de elevación, del nonio de rotación, de escalera, del torno con mango, de mano, de mordaza, de presión, de reglaje de lectura o del cero, de sujeción, para madera, para piedra, prisionero, sin fin, sin fin de caída...

Entonces es comprensible que las personas aficionadas al mundo ferretero ordenen sus lugares de trabajo como se muestra en la foto, con orden obsesivo, por medidas, clases, objetivos, intenciones y simpatías. Tienen algo de templos, esos sitios. Algo revelador. Como si escondieran, a la vista, algún secreto.

martes, 2 de octubre de 2007

DE OTRO TIEMPO



No sólo en Berlín -en algunos bares de Berlín- se tiene la sensación de haber entrado en una máquina del tiempo que nos traslada al pasado o, mejor aún, en un túnel que une la realidad con la ficción y nos permite acceder al escenario de algunas novelas. Algunos pueblos turísticos de la Península han sido capaces de mantener su identidad -sería más adecuado decir "algunos de los elementos que constituían su identidad"- muy a pesar de las empresas constructoras, a las que habría que denunciar, sentenciar y eliminar de la faz de la tierra tras graves castigos a sus dueños, quienes ganan mucho más dinero del que pueden necesitar en doscientas vidas a costa de la destrucción de nuestras costas, de nuestras montañas, de la emoción de la naturaleza. Es tan perverso el tema de la inversión en cemento que me cuesta referirme a él sin exaltarme.