He querido comenzar con esta frase de
Clarice Lispector
por tres razones: por cierta cercanía que encuentro entre la escritura
de Company y la de Lispector, porque creo que hay mucho de esa frase y
de la obra de Clarice en este libro, y a modo de autógrafo, porque es el
que a Flavia ( o a su alterego Andrea) le habría gustado tener.
La verdad y la historia
La realidad es la ficción que cada uno elige. Por
eso la historia no puede ser tomada al pie de la letra, ni tampoco la
literatura. O quizás, precisamente por eso habría que darles mayor
importancia; porque sin la revisión y la escritura de los recuerdos no
tendríamos forma de contabilizar lo vivido, lo soñado, lo amado. La
ficción nos invade y hace que la realidad fluctúe según quién la cuente.
Hace unos días mientras miraba “La dama de hierro” la premisa de
Flavia cayó como una catarata para mí. Recordé la realidad de antaño,
la ficción que me habían contado en la que esa mujer, Margaret Thatcher,
era una malvada y ambiciosa mujer que había hecho hundir un barco lleno
de jóvenes soldados que nada podían hacer contra el caudal
armamentístico de la Gran Bretaña. Me sorprendió encontrarme con la
ficción que se había contado del otro lado: aquel barco, el General
Belgrano, había sido tomado como una amenaza potencial y esa había sido
la razón que lo condenara al hundimiento. ¿Cuál es la verdad sobre el
Belgrano, la que me contaron a mí o la que se leyó en Inglaterra? No
había matices en mi historia, tampoco parecía haberlas en la otra
ficción,
¿podemos entonces decir que ambas fueron reales y que nadie mintió, o quizás, que todos lo hicieron? Durante
años esa dama de hierro había sido un personaje oscurísimo y temible y
esa había sido mi realidad, eso es lo único que sé.
La realidad es la ficción que cada uno elige, dice Flavia,
por eso hay que elegir muy bien las mentiras que uno se cuenta.
De esta forma Company se enfrenta a la escritura planteando algunas de
las preguntas filosóficas más importantes de todos los tiempos:
¿qué es lo real? ¿qué es lo cierto? ¿existe una única verdad?
Y lo hace desde una escritura sencilla (que de ninguna manera significa
fácil ni superflua); a través de narraciones que surgen de ese punto de
inflexión que habita entre ficción y realidad, que es la memoria:
escribir es recordar lo que hemos vivido y contarlo. Y todo lo que
narramos es ficción porque se encuentra condicionado por nuestra memoria
(que almacena las experiencias de una forma única e irrepetible). O
como dice Flavia:

Lo que nos cuenta Flavia (que escribe siendo Andrea y que es Andrea
en la ficción) en este maravilloso libro es que la realidad no tiene un
valor intrínseco, y que su esencia es susceptible de cambiar según pasan
los años y las personas que la recuerden.
Lo que el libro NO es
Una lectura superficial de este libro nos llevaría a encadenarlo a
una teoría prolésbica, y seguro que no sería tan errado teniendo en
cuenta la fuerza identitaria de algunos relatos; sin embargo, me
atrevería a decir que
no es un libro de posturas ideológicas.
Hace unos días, a raíz de la lectura de
Chatterton de Elena Medel,
reflexionaba sobre la hermética forma en que la literatura asume las
voces femeninas como cosa de mujeres y no como eco de la experiencia
universal; lo mismo ocurre con los narradores que presentan personajes
homosexuales.
¿Tan difícil nos resulta identificarnos con ellos que necesitamos establecer la distancia de “literatura homosexual”? ¡Por mis muertos que no dejaré de manifestarme en contra de esta limitación que le imponemos al arte!
Digo que este libro
no se limita a proponerse como un manifiesto ideológico
porque intuyo que apunta a romper con estas etiquetas y llegarnos como
la voz de la experiencia universal. Si bien la mayoría de sus personajes
son homosexuales solamente uno o dos relatos giran en torno a la
problemática de “ser homosexual en un mundo de heteros”; el resto
trabaja con la sensación de extranjería, de soledad y del sentido de la
vida para hombres y mujeres cualquiera sea su orientación sexual.
En cierto modo creo que es fruto de la casualidad que Andrea comparta
con Flavia su gusto por las mujeres. Después de todo, desde alguna
perspectiva tenía que escribir para que los lectores pudiéramos contar
con un marco que nos permitiera asirnos a la historia, ¿no?
Dicho todo esto, les aconsejo que lo lean sin posicionarse
ideológicamente y sin ver este libro como un manifiesto de principios.
Intenten entrar libres de los límites impuestos por el razonamiento
porque en este libro encontrarán un contenido valiosísimo: un espacio en
el que hay
entretenimiento, reflexiones en torno a los límites
impuestos por nuestro entorno, razonamientos en torno a la libertad y a
la repercusión de nuestras decisiones, mucho drama, mucha ironía y,
sobre todo, mucha luz.
La soledad en la ficción

La soledad va atravesando las historias que nos encontramos en este libro. De hecho, creo que ella podría ser
el hilo conductor de estos relatos;
la mayoría de ellos reflexiona sobre la extrañeza y la extranjería
planteada desde diferentes puntos de vista. El vacío que anida en
nuestra vida después de una ruptura amorosa, que es similar al que nos
abraza cuando crecemos y descubrimos que la vida no es más que ficción.
La misma soledad que nos encuentra con nuestros traumas, similar a la
que vive una joven que se cría en una familia de inmigrantes
. La
soledad de los solteros en un mundo que nos prepara para estar casados,
que nos predispone y que nos deshecha si no servimos para este
propósito.
Y esa soledad va encarnando las diversas ficciones que los
protagonistas asumen como ciertas, como reales, y que parecen no
cuestionarlas. Pero no existen las personas que no cuestionen; todos lo
hacemos, sólo que a veces no nos damos cuenta, o no le damos
importancia: los sueños, el resurgimiento de los traumas, las
expectativas en las personas que nos rodean, son prueba evidente de que
no estamos del todo seguros de haber escogido nuestra mejor ficción. La
escritora que canaliza sus temores de extranjería en un destornillador
que pudo ser utilizado en un crimen, el joven marinero que asume que por
no tener hijos es el que debe encargarse de salvar el barco arriesgando
por ello su vida, la hija que lee el diario de su madre decenas de años
más tarde y se sabe en camino, incluso
el caracol detenido sobre el azulejo de una cocina extranjera, que se vuelve en el punto de fuga para esa abuela (a través de ese animalito que no se mueve pero que
si se agarra tiene que estar vivo,
la abuela se ve a sí misma viviendo en una tierra que no le es propia,
sosteniéndose y sabiéndose así viva), son claras evidencias de nuestra
rebeldía.
El instante entre los dedos
La vida es una acumulación de instantes irreales. Sólo es
real lo que habitamos, el momento que sentimos, que vivimos, que podemos
cobijar entre los dedos y que desaparece inmediatamente. Bajo
esta premisa giran todos los relatos de este libro y todos nos llevan de
alguna forma al mismo punto, desembocan en el mismo mar:
nuestras decisiones condicionan totalmente nuestro destino,
somos los únicos artífices de nuestra vida. Podemos escoger entre
múltiples realidades, incluso podemos aferrarnos a una que todavía no se
haya estrenado; y para este camino sólo necesitamos dos cosas: nuestra
existencia y la memoria; para experimentar y recordar aquello que
vivimos y contárnoslo, como nos lo cuenta Flavia, con esa maestría y esa
lucidez que roza la ternura. A través de una escritura sencilla y cruda
que se enlaza con la de Lispector,
Company nos habla de esos instantes cotidianos que dejamos escapar y que son todo lo que tenemos.
Lo que más rescato a nivel narrativo es la forma en la que Flavia
trabaja la tensión y la intensidad del libro. La forma en la que se han
encadenado las historias.
Partimos de unos relatos fáciles de
leer, historias sencillas y con mucho humor; y, una vez que estamos
enganchados en ese ritmo, el libro da un giro para plantearnos
situaciones más dramáticas, de inquietudes existenciales y desencuentros
familiares. Y, aunque lo dramático siempre es comedia, dice
Flavia, la tensión va generando un viaje desde el libro hacia nuestra
propia vida: creo que todos podemos encontrar en cada uno de estos
protagonistas algo de nosotros, algo de nuestra vida y de la ficción que
nos contamos.
Flavia
explora de una forma alucinante ese espacio que la soledad entreteje entre nosotros y el mundo,
esa hendija que se ensancha o afina de acuerdo a las experiencias y
que, puede llevarnos a un conocimiento más profundo de nosotros mismos, o
a la convivencia con el ruido como cosa natural sin comprender las
razones de nuestra vida.
Escritura híbrida

Existen dos tipos de escritura bien definidas:
la que se construye en tierra firme, que se ha ido nutriendo de una historia antiquísima y sólida, y
la que se escribe entre orillas,
la de los escritores híbridos. Esta segunda tiene la cualidad de surgir
de la experiencia del desgarro y parece construirse desde el océano: es
la escritura de las dudas, (la otra podríamos llamarla, de las
certezas) aunque a la larga termina siendo la más directa y la más
sólida de ambas.
Uno de los elementos más interesantes que podemos encontrar en esta escritura es
la sensación de extranjería como posibilidad narrativa:
ese vacío que se vive, desde el instante del despegue de la tierra
patria hasta la llegada a suelo firme, que resulta que nunca es tan
firme se convierte en el punto de partida para la escritura.
Por citar algunos ejemplos de escritura híbrida: Herta Müller,
Roberto Bolaño, Alejandra Pizarnik, Andrés Neuman, incluso la propia
Clarice Lispector, nos ofrecen mundos maravillosos nacidos en altamar.
En el caso de Flavia Company esto adquiere una magnitud superior ya que
es una persona apasionada por la navegación y el mar.
Esas curiosidades de la vida y de la literatura.
Páginas de Espuma es
un hogar para los amantes del cuento. Los libros que mastica esta
editorial se encuentran tan bien cuidados, parece como si no se les
escapara un sólo detalle y además escogen con destreza a sus autores. Lo
cierto es que no he leído uno sólo que me haya dejado a medias. Y, sin
dudas, Por mis muertos tampoco ha sido la excepción. Decir que se los
recomiendo es volverme redundante.
Pienso en la Thatcher, tan sola en su vejez, y pienso que en mi
ficción ella nunca estaría sola. Pienso en Andrea oyendo al mar
invadiendo el silencio de un piso alejado de la costa y pienso en mi
propia ficción: quizás es hora de revisar lo que me estoy contando.
Siempre es conveniente hacer este ejercicio
para evitar enfrentarnos a una realidad que no sea la que realmente deseábamos para nosotros.
Por citar a Flavia, es bueno elegir bien las mentiras que uno se cuenta
y saber que la vida es un instante variable e irrepetible que nos
permite escribir o recordar.