viernes, 15 de mayo de 2015

LA MITAD SOMBRÍA



Presenté hace unos dias en la librería +Bernat el libro "De mar a mar", de la editorial Comba, volumen de cartas entre Ana María Moix y Rosa Chacel preparado por Ana Rodríguez Fischer, quien también se hizo cargo de la presentación.
Y esta mañana he recordado que en mi novela "La mitad sombría" incluí un epígrafe justamente de Rosa Chacel, de su relato "Tres pueblos y tres fuentes". Y me han dado ganas de copiar aquí para vosotras/os un fragmento de esa novela mía, y quizás sea justo este fragmento y no otro porque ayer cené con unos amigos de mi madre que vienen de la Argentina y que me traen recuerdos y sensaciones y emociones. La vida.
Bueno, aquí queda el fragmento de esta novela casi desconocida y ya inencontrable, publicada por la desaparecida DVD Ediciones, que con tanto tino y delicadeza llevaba su dueño y director, el poeta Sergio Gaspar, junto a María, su esposa.
El diseño de la colección de narrativa es de mi hermana, Marina Company (Mirinda Company). Me encanta.

Dos escenas de LA MITAD SOMBRÍA

Escena Sexta
No dejan que me quede a dormir en la UCI, a su lado. Me dicen que por su bien. Sin embargo, yo tengo miedo de dejarla sola. ¿Y si se despierta? ¿Y si por fin, después de tanto silencio, de tanta oscuridad, abre los ojos y no encuentra a nadie que la felicite por su triunfo, que la anime a seguir, a aferrarse a la vida, la única vida, a sus seres queridos? ¿Y si intenta hablar? Peor aún, ¿y si lo consigue justo mientras no hay nadie allí para oírla? Eso es imposible, me dicen, no puede pasar. Su cerebro no funciona. Encefalograma plano. Muerte, muerte y muerte. Tres fuentes de suministro idénticas para un solo destinatario. Me echan a la calle y allí doy vueltas, desesperada, intentando localizar, desde fuera, cuál es la ventana que da a su sala, cuál es su ventana entre aquel enjambre de ventanas hospitalarias e inhóspitas. Me echan y el punto donde acaban las paredes del hospital es el lugar donde empieza el abismo. No salgo a la calle, caigo. Y no dejo de caer hasta que al día siguiente entro de nuevo y subo a su planta y reconozco en los aparatos que rodean a mi madre las señales que indican que, por lo menos, todo sigue igual.
Pero siguen igual durante tanto tiempo que me derrumbo al fin. Siento la necesidad urgente de morir y el peso de la obligación de seguir ahí, de no dejarla sola. Sola con su cabecita rapada y su cuerpo hinchado y su inmovilidad de muñeca. Sola con sus cicatrices y con el secreto que la llevó a desconectarse del mundo. Sola como yo.

Escena Séptima
‘Que se muera. Ya’. Veredicto: Culpable. ¿Cómo puedo desear que muera? Bestia bárbara, animal sin sentimientos. Puta desagradecida. Miserable. Mierda. ‘Es que no puedo más. Tiene que terminar’. ¿No me da vergüenza? Tengo que resistir. No puedo claudicar antes que ella. Sólo me tiene a mí. Pero no me quedan fuerzas. ‘Si se salva será un vegetal’, me aclara el médico. Un potus, un helecho, una planta, eso, pienso. Ella no querría. Sin embargo, la desenchufan y resiste. Una hiedra, que se aferra. Dejan de medicarla y aguanta. Una planta silvestre. ‘No se muere’, afirman los médicos. Mátenla. Acaben con ella. ¿Qué sentido tiene todo esto? Pero no lo digo.
Vuelvo a la pecera de la UCI, vuelvo a hacerle masajes y a hablarle y a rogarle que termine con aquella pesadilla como quiera que sea, que acabe con todo para que yo pueda terminar conmigo. Quiero matarme. He concluido el Réquiem. Sonará para las dos. Su hermano y mi amiga comprarán flores para nuestras tumbas o esparcirán nuestras cenizas. Si la vida tiene que ser esto, que no sea.
Me inclino sobre mi madre y lloro, delante de ella, sí, lloro mientras le pido que se muera, rendida, derrotada, ‘Muérete, mamá, no vivas más, mamá, por favor, hazlo por mí’.

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