domingo, 15 de julio de 2007

LLENAR LA NEVERA


Y limpiar. Pueden ser dos buenas acciones del fin de semana -de algún fin de semana, cuando la cosa ya empieza a ser gravemente insostenible.

Y qué gusto da ver el hogar reluciente y la nevera llena. Y qué poco dura tanto una cosa como la otra. Y qué desagradecidas las labores de la casa, de veras, qué frustrantes.

Leí hace ya tiempo un artículo de alguna escritora española con éxito, ahora no recuerdo si Rosa Montero o Almudena Grandes o Soledad Puértolas, pero alguna de las tres, sobre hasta qué punto las tareas domésticas lacraban la vida de las escritoras, cuando seguramente no afectaban en absoluto a la vida de la mayor parte de los escritores, que habrían pasado de los cuidados de la madre a los de la esposa o, en su defecto, a los de la asistenta.

Y es verdad que a veces, mientras limpio, compro o cocino, pienso: qué tiempo tan desperdiciado, tan tirado a la basura, tan inútil. Pero otras veces no estoy tan segura: puede que ser conscientes de lo que compramos para comer o ensuciamos para vivir tenga sentido.

2 comentarios:

NáN dijo...

la casa puede estar limpia o no; ordenada o no.
Pero una nevera así, nunca la lleno yo. Tiene que ser ella. Reúne demasiadas cualidades de orden, previsión, anticipación.

Una nevera así da la sensación de casa.

FLAVIA COMPANY dijo...

Totalmente de acuerdo: Una nevera así es puro hogar. (La cueva llena de provisiones... si es que somos de un primitivo...)