jueves, 7 de abril de 2016

HARU según XÈNIA BUSSÉ



Foto de ejemplares de Haru realizada por Marina Company

Foro de Flavia Company y Michi realizada por Miri Garcia

Mi más sincero agradecimiento a la reseña que Xènia Bussé dedica a "HARU". Me ha dejado sin palabras.


Aquí el artículo original, en catalán:
http://www.mon.cat/…/04/namaste_haru_namaste_flavia_162118.…

Aquí la traducción al castellano:


Namasté, Haru; namasté, Flavia
por Xènia Bussé 7 de Abril 2016 a las 12:06 h

Cuando empiezas a leer "HARU", el último libro de Flavia Company, al cabo de un rato notas que hay algo que te acompaña. En mi caso fue una especie de ritmo de fondo, que era diferente del de cada día, a menudo apresurado. Veía a la joven Haru llegando a la escuela donde aprenderá las artes del arco y la flecha y muchas otras que aún no sabe ni nadie le dice. Aparte del ritmo, que ya me había atrapado, a HARU la veía todo el tiempo en imágenes HD, así como al paisaje y a los compañeros y a los maestros que la rodean en su juventud. Está un poco enfurruñada y está un poco resentida con los de su casa (¿quién no lo está, a los 15 años, a ver, por la razón que sea?). En mi caso, leo HARU y la cadencia de todo cambia. Cierro el libro y la luz cuando ya me estoy durmiendo, de noche, y me pongo a esperar el tifón de pensamientos que me vienen, como siempre, cuando pongo la cabeza en la almohada. Pero hoy no es así, hoy el alud de los pensamientos llega más pausado, en frases cortas. Como las que Flavia le hace decir a Haru, o a su maestra Kazuko, o a Tame.
Si os decidís a buscarlo a una librería, el volumen de «HARU» no tiene pérdida: es aquel volumen precioso y sutilísimo en que, como ha explicado Flavia, todo está buscado y encontrado: la cubierta, que ha hecho su hermana Mirinda Company, el aspecto de volumen de la Bernat Metge-clásicos griegos, las frases impresas en la cubierta y la contracubierta, las guardas, la foto de Flavia, en la solapa de atrás. O el dibujo que ha hecho ella misma en la página 381, una casa al borde de un río, cerca de unas montañas con nieve o estrellas. Incluso el book-trailer, con música, también, de Flavia. Algún día sabremos que ha inventado una nueva sartén, un punto nuevo para hacer media o una forma nueva de vela para barcos. ¡Así es esta mujer! ¡Lo toca todo!
Flavia me decía en uno de esos ríos de whattsapp o correo electrónico que la gente nos enviamos: «Este es el libro». Como siempre hace, Flavia nos vuelve a sorprender y, esta vez, rodeada de filosofía y palabras ordenadas a la manera oriental, nos cuenta la vida de alguien, entera, la historia de un humano, que, tal y como siempre nos ha pasado a los humanos por la empatía que nos caracteriza -o nos caracterizaba, ya no lo sé- puede ser nuestra. Haru es joven y no entiende el mundo pero cree que sabe qué quiere, Haru aprende y conoce y se equivoca, hace cosas y tropieza. Se detiene y piensa. Se pierde y vuelve. Busca, ve, hace, conoce y finalmente sabe, hasta el punto de que nota que no sabe nada. Este debe de ser el punto de la sabiduría. «Haru» es un viaje, una historia, pero también una conversación: contiene fábula y filosofía, diálogos y versos.
En una de las páginas, Flavia ha dibujado una dedicatoria. Es un carácter caligráfico oriental, no sé de qué lengua, o quizás de ninguna. Me fijo en un punto dibujado, de tinta negra, que atraviesa dos, casi tres páginas. La tinta que persiste a través de las hojas de papel. Es como el aliento de esta historia, que atraviesa capas nuestras, de cada uno. La tinta utilizada por Flavia, que continúa escribiendo siempre a mano, debe de ser una especie de metáfora de las cosas trabajadas, manuales, sudorosas, digeridas aunque sean difíciles. La tinta existe desde que hay escritura y la escritura inventó la tinta para que fuera posible que lo que alguien explicaba, pudiera quedar para siempre.
Flavia nos hace pensar, queramos o no. Y como quien no quiere la cosa. Porque si bien ella ha dicho en alguna entrevista que le ha parecido que «HARU» se escribía sola, creo que, como lectora, le puedo decir que el libro se lee solo. Al abrirlo, parece que, más que en ninguna otra cosa, nos metemos con los pies dentro del mar, a sentir las olas, a dejarnos llevar por el movimiento.
Cuando la conocí, hace un montón de años, Flavia era como ahora. Me la he ido encontrando muchas veces, hemos hablado y yo la he leído. Hemos hablado de libros y otras cosas, como de la princesa Flavia en la película «El prisionero de Zenda", que nos encanta a las dos, o de Clarice Lispector, a quien ella admira tanto y que a mí me cuesta. Me hace pensar muchísimo en la Haru misma, no lo puedo evitar. En la tenacidad que ha puesto, toda la vida, en escribir, en narrar cosas y personas. En cómo ha explicado, siempre, cómo escribe y por qué, sin poner nunca misterios de por medio. Esto debe de ser por cómo es ella de transparente, en muchos aspectos, pero también debe de ser porque ella también es maestra y conoce cómo son los aprendizajes: interminables.