martes, 29 de diciembre de 2009

SELVA TUCUMANA






Enterada a estas aturas de mi irreversible naturaleza salvaje, CC me ha llevado a la selva tucumana para que me sintiera como en casa. Objetivo alcanzado. El olor, el sonido, la luz, la intrincada vegetación, todo lo percibido por cualquiera de los sentidos me ha colmado de tal manera que resulta difícil describirlo. No es que me haya sentido en mi medio, no. Es más. De pronto me he comprendido mejor. Porque resulta que formo parte de esa desproporción. La contengo y me contiene. La llevo puesta desde siempre y ahora que la veo me identifico con ella y la reconozco. La selva tucumana, sin haberla pisado nunca antes, me ha formado el carácter. Cómo ha ocurrido algo así es algo que quizás vaya a descubrir en tiempos venideros. De momento, es solo una constatación sorprendente.


Y hablando de constataciones sorprendentes, no me dirán que no es la frase de la foto una manera condenadamente extraordinaria de anunciar y hacer propaganda de la leche y de los productos que de ella se derivan. "La verdad láctea". Como la vía, pero más allá. Me quedé pasmada al verla.


domingo, 27 de diciembre de 2009

USOS Y COSTUMBRES. PONGA UN MOCHO EN SU VIDA

Estas dos imágenes ilustran lo que he pedido a Papá Noel estas Navidades. ¿Qué me ocurre? Bueno, parece mentira, pero aunque no me gustan las tareas de la casa, me he dado cuenta de que no sé vivir sin el amigo mocho.
En Argentina resulta que no se usan. Acá los suelos se limpian con un trapo enganchado a una especie de secador de agua: un instrumento, en grande, como esos que se emplean para limpar los parabrisas de los autos. Eso implica que hay que ir escurriendo con las manitas el susodicho trapo, para enguajarlo y dejarlo nuevamente seco o con la humedad deseada. Las casas se baldean y luego se va retirando el agua de las mismas.
Se le cae a una algo en el suelo de la cocina, por ejemplo. Hay que montar la parafernalia del trapo o recoger lo caído con papel de cocina y dejar el suelo pegadizo. Se ducha una y salpica: hay que utilizar, para secar el suelo, uno de esos aparatos que sirven para limpiar cristales, agachada por supuesto.
Sin embargo, en los supermercados pueden conseguirse mochos. Ahí estan, solos y abandonados. Caros, por otra parte. No he visto a nadie que los use.
Hoy he estrenado mi mocho argentino. Balde azul y palo rojo. Del Barça, más o menos.
Y he recordado que hace más o menos 30 años mi madre decía, convencida, que patentar el mocho en la Argentina era un negogio redondo. Yo le habria comprado uno. Mi madre habría patentado el mocho para mí. Un círculo que se cierra. Limpiamente, claro.

jueves, 24 de diciembre de 2009

CACHO ZELARAYÁN

Cuando desaparece un hombre bueno acontece algo parecido a lo que ocurre cuando se pierden hectáreas y hectáreas de bosque o de selva en el mundo: de pronto falta el aire. Pero, sin duda, se respira mejor que si no hubieran existido.
César Zelarayán le dio a este mundo un aire hecho de lucha y honestidad. De principios y de afecto. Ofreció un modelo de conducta intachable sin aspavientos.
Me gusta su apellido, del que no sé el origen etimológico ni genealógico, razón por la cual puedo inventarle significados que van del reino animal al marino. Zelarayán. Musical y sonoro.
Le faltó el aire, al final, al profesor Zelarayán. Tal vez por haber ofrecido tanto a los demás. La cuestión es conseguir que su paso por esta vida siga valiendo la pena, es decir, la cuestión es no olvidar que se debe luchar por lo que uno cree sin dejarse comprar, sin claudicar, sin olvidar los propios sueños.
Pueden encontrar un perfil completo del profesor en el siguiente link: http://www.ateptucuman.org/noticias-de-atep/adios-a-cacho-zelarayan-2

viernes, 18 de diciembre de 2009

SOBREVOLAR BRASIL Y DESPUÉS


He pensado que si espero hasta mi regreso a España para dar cuenta de este otro viaje a la Argentina, de nuevo va a ocurrir que lo acumulado va a ser un exceso y no va a haber manera de encontrar el impulso que me permita contarlo.
La primera foto corresponde al vuelo entre Madrid y Buenos Aires, justo al rato en que sobrevolábamos Brasil, después de pasar una zona de agitadas turbulencias y poco antes de evitar unas tormentas alucinantes que nos quedaron por debajo y que, debido a la oscuridad, ya no pude fotografiar.
Me gusta volar. Cada día me gusta más. Me encanta. Dice Cristina Fernández Cubas -quien no haya leído ya a esta magnífica escritora que se ponga ojos o manos a la obra- que cuando una vuela, todo coincide. Me gusta ese modo de verlo. Tiene razón.
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La segunda foto corresponde a las horas de espera en el aeroparque de Buenos Aires, justo antes de volar a Tucumán. Con escala en Santiago del Estero -C.C me compró un pasaje de avión tipo "carreta", que se detiene donde le viene bien cuando alguien lo necesita, más o menos-. No salió puntual el vuelo y, para colmo, la escala en Santiago, que debía ser de media hora, fue de más de una. ¿Por qué? Porque en Tucumán se había desatado una considerable tormenta y el avión/carreta no podìa arriesgarse a volar hacia ella. La suerte fue que en el asiento de al lado -qué gran tema, quién te toca en el asiento de al lado; lo dejamos para otro día-, tenía a una persona aguda, inteligente y encantadora. Una psicóloga llamada Daniela con quien acabamos conversando de casi todo, entre otras cosas sobre qué se elegía contar a una desconocida según fuera esa desconocida. Interesante y agradable. Nos reímos, además, de lo profundamente que estábamos "conociendo" Santiago del Estero a nuestro pesar.
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Pero llegamos a Tucumán, al fin. Y ya había terminado de llover y había grandes charcos por todas partes y las plantas y los árboles estaban tan felices y llenos de vida como yo (o eso me pareció a mí), y había verdes y verdes, tantos y tan distintos, que contrastaban con el color indescriptible de mi negra.
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No puedo dejar de hablar del libro que me acompañó durante el viaje, sobre todo porque nadie a quien le guste la literatura puede dejar de leerlo urgentemente. Se trata de "No hay nadie en casa", de Dubravka Ugresic, publicado por la colección "Crónicas" de Anagrama. En serio, es impresionante. No os desvelo nada sobre el texto. Es puro gozo. Pura literatura. Un acontecimiento. Ya me diréis.

martes, 15 de diciembre de 2009

NAVIDADES CON CALOR, 2

Cuando en la entrada anterior hablaba de calor, no me refería solamente al clima, claro. El calor tiene que ver con corrientes que fluyen por dentro de una, con las emociones y los sentimientos, con el vértigo y la sensación de haber descubierto, en el lugar del que una partió, un lugar en que volver a empezar.
Mañana vuelvo a casa. C.C me espera dispuesta a poner luces de Navidad.

lunes, 14 de diciembre de 2009

NAVIDADES CON CALOR

Me vuelvo para allá. Otra vez, otro mes. Esta foto la saqué desde el avión, cuando volaba desde Buenos Aires a Tucumán, el pasado mes de octubre. Ya veré en esta ocasión si puedo tomar algunas otras imágenes, si el cielo está igual de claro.
Sea como fuere, a la vuelta os cuento qué tal fue.
Me gusta la idea de pasar Navidades y Año Nuevo con calor. Curiosamente, son las primeras Navidades que paso fuera de España desde los diez años. Y todas las anteriores las había pasado en Argentina. Volvemos a la casilla de salida. Algo así. Tal vez ahora vuelvan a gustarme las Navidades. Quizás aquí no me gustan porque son frías y a mí me encanta el calor, y el frío nada nada, el frío me paraliza y me entristece. Así que quizás lo que me resultaba triste no eran las Navidades, sino el frío.

sábado, 5 de diciembre de 2009

UN MUNDO APARTE

Sigo con Argentina.
Estuve en el glaciar Perito Moreno. Un mundo aparte. Una sensación indescriptible de presenciar la belleza, lo inefable, la naturaleza hecha realidad. Algo inmenso. Ese frío, esa verdad que aturde, esa necesidad de formar parte de lo que una ve y no alcanza a discernir. ¿Cómo es posible? ¿Es posible?
Los colores, las formas, la emoción. Esa minúscula certeza que una alcanza ante lo incontestable. Esa certeza de que una debe vivir lo que debe vivir, porque nada va a detener lo que va a ocurrir. Nadie puede parar la vida. Eso es. Nadie puede parar la fuerza, la energía de lo que está por llegar.

martes, 1 de diciembre de 2009

EL HIMNO ARGENTINO

Sigo entonces con el viaje a la Argentina.
El día que llegué comprendí que de veras la memoria tiene vericuetos en donde anidan asuntos inextricables.
En el aeropuerto de Ezeiza me esperaban mis, por decirlo de algún modo, segundos padres. El reencuentro fue muy lindo, muy entrañable, de abrazos largamente guardados.
En cuanto nos subimos al auto, me cuentan que me tienen preparada para esa tarde, si quiero, la asistencia a una ceremonia judía de nombramiento de un rabino. Ellos son judíos, claro, y por eso se enteran de esas cosas y acuden a ellas si les resulta de algún interés. En este caso, básicamente creen que puede tratarse de una ceremonia, por lo menos, curiosa, y me brindan la posibilidad de compartirla.
Acepto encantada. Todo me viene bárbaro, genial.
La ceremonia fue curiosa, en efecto. Lecturas y cantos en hebreo, ritos, discursos. Bien, me gustó mucho verlo. Me interesó. Me recordó a algunas pleículas, incluso.
Pero lo que me impactó personalmente fue algo que ocurrió al inicio. Al llegar, y después de una breve explicación, nos pidieron que nos pusiéramos de pie y, de pronto, empezó a sonar la música del himno argentino y todos empezamos -digo bien en plural, empezamos- a cantar. Descubrí, anonadada, que mi recuerdo de la letra era completo. (Yo no cantaba el himno desde los ocho o nueve años, claro está). Y de pronto me vi allí, de pie, cantando -yo, que soy anti himnos y anti banderas-, emocionada y a punto de llorar o de reír, todo junto, rodeada de la colectividad judía de Buenos Aires, inserta de golpe en una realidad que, a pesar de la extrañeza, no me resultaba en absoluto ajena.
Llegar y cantar el himno ahí, así. Qué manera de llegar. Me pareció una especie de símbolo que todavía no he descifrado.